Llegó la temporada de mango y, con ella, muchas cosas ricas por hacer.
Aunque no es endémica de Ámerica, es difícil no asociar esta deliciosa fruta con nuestra tradición panameña ya que cada año, al empezar las lluvias, es inevitable encontrarse con árboles abarrotados o hasta calles interioranas cubiertas de tanto mango que llegan a perderse sin ser aprovechados.
En mis memorias de niño, no recuerdo jamas haber comprado o haber visto a mi madre comprar un mango; siempre estaban los del patio de mis abuela, los de la casa del vecino, los del palo que crece al lado de río, o de la comadre que mandó la encomienda desde el interior. En fin, esta fruta es tan prevalente y abundante en Panamá, que pareciera que hubiera originado aquí.
El mango llegó desde muy lejos, de India para ser exacto, haciendo una parada técnica en el Caribe antes de verse por primera vez en Panamá para comienzos del siglo XIX. El cuento (según investigaciones realizadas por el historiador Alfredo Castillero Calvo) es que fue un italiano residente en la ciudad de Panamá quien primero sembró mangos traídos desde Jamaica y que ya para 1804 tenía 300 árboles. Increíble que en escasos 200 años está fruta se propagase de manera tal, que pareciera haberse originado aquí mismo.

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