El flan es mi postre favorito por excelencia. Postres van y postres vienen, pero nada como un buen flan. En el recetario de Julia no faltan las recetas a base de este, pero antes déjenme dedicarle un paréntesis a mi otra abuela.
En casa de Nona, la mamá de mi papá, siempre se servía flan, pero de paquete. No lo digo con desdén; era el que más me gustaba. Es más, me lo sirves hoy y la textura no me va a hacer tan feliz como cuando mi paladar era felizmente ingenuo, pero el sabor sí que está a la altura de mis recuerdos. Cuando el apartamento de Nona se cerró yo me lleve los moldes para hacer el flan que decoraba su cocina.
Por allá por el año 1995  fui a hacer un trabajo en grupo a la casa de una amiga. Almorzamos y, de postre, nos sirvieron flan. Fue ese el que selló mi gusto por él; el que me llevó a experimentar por cuenta propia.
“Uuuhhhmmm, yyyuuummm, qué flan más bueno”, le dije a mi amiga, y ella me dijo: “es la receta 1, 2, 3 de mi abuela, uuufffff, hacer flan es facilito”. Mi amiga me dio la receta; yo no podía creer que con tan pocos ingredientes se podía lograr tan increíble resultado.
Recuerdo que había un paso en el procedimiento que no entendí: “hornear en baño María”. ¿Baño María? ¿Qué era eso? En mis tiempos de secundaria internet en casa no era común, así que si tu mamá no tenía libros de receta o compraba revistas, o tenía el tarjetero de las recetas familiares, era medio difícil la cosa. La mía, por suerte, tenía todas las anteriores, así que encontré su significado.
Lo que me tomó un poco más de tiempo fue agarrarle el “truco” al caramelo. Cuando lo logré, me plantee uno más: quería que el flan me quedara con esos huecos doraditos, quemaditos, deliciosos. Para eso me inventé mi propio truco, que viola las leyes de la gastronomía porque los flanes no deben quedar con huecos, pero a mí me gustan así, y para lograrlo, sobrebato los huevos y no espero a que se enfríe el caramelo. He bautizado el resultado como “flan mal hecho”. A la gente le encanta.
En el recetario de Julia me encontré una receta de flan de ciruelas pasas. ¡Sí, ciruelas pasas! O las amas o las odias. Yo las amo, siempre me han gustado, es que es postre de abuela.
Para hacer este flan tuve que hacer consultas ya que el procedimiento era vago, no me decía qué hacer con las ciruelas, si eran enteras, batidas… y entonces había una segunda tanda de ciruelas con más azúcar, no entendía, busqué en Pinterest y nada, así que llamé a otra Julia, a la mismísima Julieta de Diego de Fábrega, la mamá de A la mesa; la coautora del libro de cocina que todos debemos tener, Dos amigas cocineras; la Del diario de mamá; la que tengo la suerte de tener en mi vida. Ella me dio sus sugerencias y al final me preguntó: “¿Pero, ese te lo comiste alguna vez?”. No, nunca me lo comí. No todas las recetas que están en el recetario me las comí, pero en algún momento de la vida a mi abuela Julia le llamó la atención y la guardó… nunca la botó… así que a hacerla.
Esta receta, la número 37 en orden ascendente de este reto de Querida Julia, se la dedico a Nona, a la otra abuela, porque la receta es de la primera, pero los moldes son de ella. El flan quedó muy rico, todo el que lo probó quedó muy contento menos Valeria, mi hija mayor. Dice que desperdicié un flan “poniéndole esa fruta que no debe existir”. Ella definitivamente no es de la generación de la ciruela pasa.

Receta 37: Flan de ciruelas pasas

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