“Maité… cuidado que te cae el jugo y te quemas, ven a lavarte las manos y la cara”, me decía mi abuela Julia desde la puerta de la cocina de La Pezuña.
La Pezuña es donde viví momentos maravillosos con mis abuelos maternos, su casa de playa. En el patio había árboles de ciruela traquedora, de los cuales mi abuela hacía sorbeto (no encuentro la receta, tendré que ver si está en el recetario de mi hermano), guandú, yuca, papaya, palmas con pipas, mango y, por supuesto, limoneros.
A mí me encantaba ir a arrancar limones, partirlos y chuparlos… lo hice miles de veces hasta que pasó lo que mi abuela decía, solo que no me pasó a mí; le pasó a mi hermano. Se quemó la cara con limón y se le puso horrible, y desde ese día creo que más nunca he cosechado limones, y cuando los uso me lavo las manos exhaustivamente, y si me cae el zumo en algún otro lugar hago lo mismo… quedé marcada.
A mi abuela le gustaba el key lime pie, la deliciosa tarta de lima famosa en la Florida; le gustaba muchísimo. Las veces que viajé con ella a esta región ella no podía esperar para la hora del postre en los restaurantes y pedir el famoso pie.
Les cuento que a mí, tarde (que ahora que miro para atrás no era ningún tarde, pero bueno) en media carrera de diseño gráfico (tendría yo 21 años) me dio el interés por la cocina.
En la noches ayudaba a mi mamá en la cocina, y me dio por hacer cositas, lasañas, canelones, y parece que me quedaban ricos, porque a mi mamá se le ocurrió un día invitar a mis abuelos maternos a cenar. De la cena me encargué yo. Me acuerdo del menú perfecto, eran unos canelones de pollo y de postre un pie de limón, pero no hice el key lime, sino la receta de la Martha Stewart de lemon meringue pie, y mi abuela quedó fascinada. Me dijo que ese sería el único pie de limón que quería comer siempre. Eso trascendió o se contagió al resto de la familia. La prueba está en que, cena que haya de la tribu materna, cena en que ellos quieren comer ese pie de postre, al punto de que cuando toco el timbre de la casa sale mi tío Antonio (el más chiquito de mis tíos) a preguntar que si hice el pie, que si no, que ni entre.
Un par de fin de semanas después de esa cena que les preparé a mis abuelos, Pepito me retó. Me trajo limones de Coronado, limones criollos, de esos que a mí me encantaba chupar recién cosechados del árbol, y me dijo: “haz el pie”. Lo hice y quedó incomible, ácido a matar, y así pasaron los pies, hasta que lo dominé y no usé limas, como llamaba la receta, usaba los limones de Coronado, hasta que vendieron la casa, y no traían más limones y regresé a las limas.


En el recetario me encontré con la receta de un pie de limón. ¡Qué fresca Julia!, siempre la tuvo, no me la compartió hasta ahora y me cuenta mi mamá que ella la trató de hacer una vez y que era pura agua, como que no se le cuajó.
No les puedo explicar lo rica que quedó esta receta, tiene una base de galletas María con nueces. Yo eso no lo había probado antes, muy muy rico, y el icing tiene un toque de limón, que como me lo describió mi hija Valeria, sabe a galleta Pascual de limón.
Querida Julia, tu receta es mejor que la mía, aunque no sea el mismo tipo de pie, este me gusta mucho más. Este año, para esa cena especial de tus hijos, les prepararé las dos y dejaré que ellos decidan.

Receta 35: ‘Pie’ de limón

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