Con el verano panameño llega la floración de una de las frutas más folclóricas de nuestro país: el marañón.
En Panamá solía ser común ver puestos de venta a lo largo de la carretera al interior, con botellas llenas de pepitas de marañón tostadas a fuego de leña en forma artesanal. De niño, tuve la oportunidad de hacerlas, es un procedimiento laborioso en el que se debe tostar la semilla hasta casi quemar la cáscara, evitando inhalar mucho del humo. Luego, partir con una piedra la semilla para remover la dura corteza que rodea la “nuez”. La corteza que recubre la nuez despide un aceite tóxico que puede causar alergia, por ende es necesario usar guantes o llenarse las manos de aceite antes de pelar las nueces. Una vez peladas y limpias, se ponen a secar por un tiempo más hasta que estén listas para comer. Siempre digo que solo aquel que conoce el proceso requerido para hacer las pepitas entiende por qué son tan caras en el mercado.
En cuanto al fruto como tal, tiene un sabor peculiar y astringente que pareciera secarte la boca, aun cuando la fruta es extremadamente jugosa. En Panamá se utiliza para hacer “chicha de marañón, la cual hoy se encuentra poco en la capital y también para hacer dulce de marañón”. Es posible utilizar el fruto, además, para hacer licores, vinagre, chutneys y mermeladas.

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